El ser humano siempre ha querido indagar en la razón de ser de los fenómenos de la naturaleza. En los primeros tiempos, el hombre se sentía impotente frente a las manifestaciones de las fuerzas naturales. Desde esa época, y para protegerse, recurrió a la invocación de fuerzas inexplicables para él.
Con el tiempo, el hombre pudo contar con las certezas que le ofrecía la ciencia. Pero hoy, pese a los asombrosos progresos del conocimiento, una parte enorme de la realidad queda sin poder ser asimilada con la categoria de la racionalidad.
Los talismanes y amuletos se han usado desde las épocas más remotas de la humanidad. Los hombres le han atribuido a determinados objetos, una irradiación o cúmulo de energías que los ayudan a actuar sobre su entorno para beneficio de quien lo lleva.
Muchos les atribuyen a estos objetos la cualidad de concentrar fuerzas sagradas procedentes de su propia naturaleza. La velas ocupan un lugar privilegiado dentro de estos objetos. Su luz nos ayudaría a canalizar y orientar las energías de la naturaleza. A través de ellas podríamos entrar en contacto con nuestros dioses y santos.
Pero la mejor utilización de las velas es para favorecer la concentración y la meditación. Son, pues, elementos indispensables en nuestros caminos hacia otras realidades y dimensiones, de la misma manera que pueden ayudarnos en el proceso de autoconocimiento y reflexión internas.